Desgraciadamente aunque el siguiente artículo es de hace varios años, la situación actual ha variado muy poco, por no decir que sigue siendo la misma...

Domingo, 19 de agosto de 2001 - Número 305
FAMILIA | SÓLO QUIEREN BEBÉS

Adopción imposible
EN ESPAÑA hay cientos de niños pendientes de encontrar una familia. Muchos de ellos esperan desde hace años. Mientras, las adopciones internacionales siguen creciendo

FLORA SÁEZ

Toño, Vicente, Esteban, Xose y Chiri, niños que esperan ser adoptados, en un piso de la asociación Arela, en Vigo.
¿Que aquí no hay niños para adoptar? No es cierto. Cada vez que oigo ese comentario me subo por las paredes. Me dan ganas de coger el teléfono y decirle a esa persona: "¿Y cuántos quiere usted, o cuántos sería capaz de atender? Véngase conmigo que le presento, mañana mismo, a 12 o a 14 que estarían encantados de que usted fuese su papá"». Ángel Martínez lleva más de 20 años en contacto con centros de menores y más de cuatro dándole fuelle a la fundación Meniños, una entidad que ayuda a encontrar familia a menores a quienes les resulta muy difícil conseguirlo porque tienen más de siete u ocho años, alguna discapacidad física o mental, forman parte de un grupo de hermanos, o pertenecen a una cultura minoritaria.

Y si a Ángel le revienta escuchar el consabido comentario que en España no hay niños para adoptar , no digamos ya caer de bruces sobre la poco grata realidad que habla de parejas que están dispuestas a hacer prácticamente cualquier cosa para conseguirlos. Es decir, que están dispuestas a pagar. Vaya, a comprarlos: la semana pasada, sin ir más lejos, fueron noticia dos ciudades, Almería y Bilbao, por haber registrado casos de este tipo. Más que lamentarse por tan triste paradoja, Ángel Martínez prefiere demostrar sus argumentos.Así es que dicho y hecho: «¿Cuántos niños quiere usted que le presente? Porque lo cierto es que la mayoría de las parejas no buscan niños para adoptar sino bebés, que es algo muy distinto.Y niños, hay muchos».

MEJOR, SOLO
Estamos en un espacioso piso de la calle de Ecuador, en el centro de Vigo, el lugar donde conviven ocho niños tutelados por la Consellería de Familia y dos educadores de la Asociación Iniciativa de Apoyo a la Infancia (Arela). Vicente, que tiene 11 años, ha llegado por la mañana procedente de otro de los pisos de que dispone la asociación en Santiago, el tercer hogar por el que ha pasado este pequeño. Ingresó en la Casa Cuna santiaguesa con apenas un año, y de ahí fue trasladado al Hogar San José, donde vivía con otros 50 chavales. Cuando su hermana Consuelo cumplió seis años (ahora tiene nueve), ambos fueron conducidos a uno de los pisos de Arela, una iniciativa pensada para desinstitucionalizar y normalizar en la medida de lo posible la vida de estos niños.

Pero ahora prefiere intentar su suerte al margen de Consuelo.No es que se lleve mal con su hermana, no. Lo que sucede es que está «cansado de vivir con tanta gente». Y también algo más que él no se atreve a decir, pero que explica una de sus educadoras: «Sabe perfectamente que es mucho más fácil que alguien quiera adoptar a un niño que a dos. Estando solo lo tiene complicado, porque ya no es tan pequeñito, pero siendo dos la dificultad se multiplica. Y Vicente está desesperado». Y tanto. Raro es el día que no pregunta «si ya llegaron» sus hipotéticos padres.Hace ya cinco años que se demostró que no había posibilidad alguna de que algún miembro de su familia biológica se hiciera cargo de él, pero la nueva familia nunca llega. Y a él, en su lógica, no le cuadran las cosas. «Es raro que ellos (las parejas que desean adoptar) digan que están desesperados y que nosotros estemos sin nadie aquí», dice. Este razonamiento aplastante tiene además sus consecuencias: en junio se despidió de sus compañeros de colegio diciendo que no volvería a verles porque «ya tenía a alguien». Ahora que el próximo curso se acerca y ese alguien no ha aparecido, no quiere volver a ese colegio . «Lo que pasa es que sólo quieren bebés», setencia Vicente.

En el salón del piso de la calle de Ecuador continúa la ronda de las presentaciones. A la izquierda de Vicente está sentado Antonio, Toño, de13 años, y a la derecha Esteban, que tiene 19 y es hermano de Toño. Ambos han vivido desde los cuatro y los seis años, respectivamente, en centros para menores, y nunca han conseguido que nadie quisiera llevarles, ni siquiera durante los fines de semana, a disfrutar de una auténtica casa.

Avanzamos una posición más. A la derecha de Esteban están sentando Xosé, de 17 años. Va para cuatro en el piso. Es el mediano de tres hermanos. El mayor, Rubén, de 19, no hace mucho que vive por su cuenta. El menor de los tres hermanos, Javi, de cinco, ha sido más afortunado. «Es el más pequeño, y yo prefiero que lo hayan adoptado a él. Ahora para mí ya es un poco tarde...¡Si para Vicente y Toño, que todavía son pequeños, no aparece nadie! ¡Pues fíjate para mi! Pero si aparecieran, sería muy feliz, dice Xosé.

A Ángel Martínez, el alma mater de Meniños en Galicia, le parece que en parte que esta situación se debe a que las familias no están bien informadas y desconocen, en muchos casos, la existencia de estos pequeños. Cree también a que los «funcionarios» que trabajan en los servicios de menores dan por hecho que los niños denominados «de necesidades especiales» (mayores de seis o siete años, grupos de hermanos, con alguna mimusvalía o étnicamente diferentes) no encuentran familia que les quiera y, por lo tanto, o no lo intentan o no hacen el esfuerzo necesario para conseguirla.

En buena medida, la experiencia de David, que hoy tiene 19 años, confirma estos supuestos. Entró en una de las residencias para menores de Madrid a los 10 años. Allí le llevó su padrastro, como él llama a la persona que convivía con su madre. «Ella estaba en una situación que le hacía imposible ocuparse de mi. No sé que pensar de eso, pero ahora la entiendo», explica.

Hasta entonces David se había pasado varios años prácticamente yendo a casa sólo para dormir. Había abandonado el colegio en 2º de Primaria, se pasaba la mayor parte del día solo. Admite que las condiciones materiales del centro no estaban nada mal, pero toparse con tanta disciplina y falta de libertad, y a la vez con poco afecto, no le hizo ninguna gracia. «Bueno, todos los educadores no son iguales, pero a veces dejan mucho que desear.Ahora entiendo que tienen que hacer lo posible para que los niños no se encariñen con ellos, porque si no, cuando se van, es mucho peor».

Una cosa sí reivindica de aquellos años. En 5º volvió al colegio, casi sin saber leer y escribir. El esfuerzo fue grandísimo pero se convirtió en la joyita de sus profesores y comenzó a sacar buenísimas notas. Le encantaba estudiar. Conoció una nueva ilusión al cumplir los 12 años: la psicóloga del centro le planteó si le gustaría tener una nueva familia. Desde entonces y hasta que cumplió los 16 años no hubo mes en el que no preguntase, al menos dos veces, si esa familia había aparecido. «Estaba convencido de que era fácil, que alguna tenía que aparecer. Salía a la calle y veía tantas familias que pensaba: "Entre todas las familias que hay en España, ¿cómo no va una que me quiera a mi?"».

EL DESAFÍO DE LOS 18
A los 16 años, con el desafío de la mayoría de edad mordiéndole los talones, empezaron a preparar a marchas forzadas su futura autonomía.«Yo quería seguir estudiando, pero me dijeron que no, que mi prioridad era encontrar trabajo, porque tendría que vivir por mi cuenta a partir de los 18», explica. Se trasladó a uno de los pisos preparatorios que la asociación Paideia tiene en Madrid y empezó a trabajar como aprendiz en una gestoría.

Se empeñó en seguir estudiando, y lo consiguió. Desde los 17 años vive emancipado, pagándose los estudios y el piso. Busca trabajo. «Ahora estoy muy bien, pero he tenido que trabajármelo mucho. Durante muchos años deseé tener unos padres y viví con esa ilusión. La vida es dura, pero aprendes y sigues para adelante.Ahora sé que hay poca gente que se moje». Su único apoyo afectivo lo encuentra en un matrimonio y sus dos hijos, con quienes, desde hace años comenzó a mantener una relación familiar. «Me han dado todo y me han enseñado todo. En resumidas cuentas, les debo todo».

Fundación Meniños (902 22 07 07). Paideia (91 429 51 32 )

Fuente: http://elmundo.es/cronica/2001/CR305/CR305-12.html (enlace encontrado gracias a Olivar54 [Virginia] del foro de Adoptiva).